domingo, 8 de marzo de 2009

No me nombren, cuento de Ileana Andrea Gómez Gavinoser (copyright ,2008)


No me nombren, no sé cuál es mi nombre. Algunos me dicen” María”, otros “Juana” (tal vez por Juana La loca). Me parece que mi nombre es este número que se lee en el espejo cuando me desnudan la espalda para darme latigazos o electroshocks. Los electroshocks son una terapia muy antigua, se usaba en los hospitales desde principios de siglo XX pero, (entre nosotros) todavía es un elemento interesante de tortura aquí en la prisión. Algunas veces me tapan los oídos con sirenas de ambulancia para reprimir el efecto “enojito” o “rebeldía” pero lo importante es el número impreso en mi espalda que veo en el espejo cuando me dan latigazos o electroshocks. T… X… L..4567… Esa inscripción leo, con dificultad pero la leo. Aquí hay sólo lámparas, hace mucho que no veo la luz del día. En esa época, no sabía por qué mis amigos no atendían mis llamadas. Dicen que afuera es todo gris, gris ceniza. Una densa niebla confusa atrapa la ciudad. No sé tampoco qué es lo que hay más allá de los límites. Dicen que hay un gran monstruo pero en realidad el monstruo es un grupo de ciento y pico de personas que dominan la ciudad y tienen redes informáticas en todos lados hasta más allá del perímetro.

Lo que recuerdo es que terminé en la villa “Prometeo”. Allí sacaban las partes de mi cerebro continuamente y éstas continuamente se regeneraban, así que por miedo o por asombro después de veinte años, me dejaron en paz. Pero llegué a la prisión. Ahora estoy con los rostros que se ven en la oscuridad. Disfrutan dejándonos a ciegas. Pero lo importante es que ahora soy una “sin nombre” y me encierran en este cubículo semidesnuda, ya que la ropa son trapos hechos jirones. Mis piernas ya no tienen piel. Es inútil gritar. Por el agujero se me ve corriendo manoteando la noche. Otras sombras son reflejadas por el fuego. Pero… de golpe leo “ TXL4567”, quizás es el nombre de mi matriz o de un expediente o de una lista. No alcanzo a leer bien de nuevo. Cuando salga de aquí tendré que ir al oculista. A lo mejor con esa pequeña operación láser mejoran mi visión y no tendré que usar anteojos negros a plena luz del día. Digo. Quizá.

Un olor a reptil gigante se asoma en el cubículo. Es inútil gritar. Por el agujero veo mi sombra. Mi sombra que usa un par de anteojos negros y mi mano que lleva un cerebro amortajado envuelto en vendajes.

Lo único que sí sé es que soy una sin nombre, fuera del sistema. No aparezco en la correspondencia ni en ningún otro lugar, como diría Borges.

Como diría Borges, no sé quién soy ni quién es la Otra, pero se me parece. La otra es la que corre con un cerebro en la mano. Las otras sombras comen del cerebro. Es inútil gritar. No se puede interrumpir la cena.

Paciencia. Ahora escucho un ruido un lamento muy desgarrador, muy fuerte. Creo que terminó la cena.

Golpeo con todas mis fuerzas la tapa de mi cubículo. El silencio es mortal.

En realidad duermo desde el ocho de agosto de 1988. Alguien retira la tapa… Espero..

Cae agua helada… luego arena… Ya falta poco y…

Ya no tendré que usar anteojos para sol dentro del sistema ni sufrir la marginación de una descalificación de los Jurados.

Ya falta poco. Entonces se apaga la luz.




Todos los derechos reservados.(Copyright, 2008) Ileana Andrea Gómez Gavinoser

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