domingo, 3 de mayo de 2009

Limpieza, cuento de sci-fi de ileana Andrea Gómez Gavinoser (copyright, 2008)

Dudley pidió la escoba de barrer. Hacía mucho que no tenía que limpiar los sesos de la prisionera. Dudley era una máquina muy previsora y no conocía el desastre de afuera. Sólo tenía que limpiar los desechos y dejar limpio el piso de la cárcel. Igualmente no sintió nada cuando le arrancaron la última tuerca, el último microchip. Ni siquiera sintió que alguien se estaba vengando de él mientras quedaban esparcidos sus restos en el piso de la cárcel. Luego, ese alguien cerró la reja para siempre detrás de sí.

(copyright, 2008) Ileana Andrea Gómez Gavinoser

domingo, 8 de marzo de 2009

No me nombren, cuento de Ileana Andrea Gómez Gavinoser (copyright ,2008)


No me nombren, no sé cuál es mi nombre. Algunos me dicen” María”, otros “Juana” (tal vez por Juana La loca). Me parece que mi nombre es este número que se lee en el espejo cuando me desnudan la espalda para darme latigazos o electroshocks. Los electroshocks son una terapia muy antigua, se usaba en los hospitales desde principios de siglo XX pero, (entre nosotros) todavía es un elemento interesante de tortura aquí en la prisión. Algunas veces me tapan los oídos con sirenas de ambulancia para reprimir el efecto “enojito” o “rebeldía” pero lo importante es el número impreso en mi espalda que veo en el espejo cuando me dan latigazos o electroshocks. T… X… L..4567… Esa inscripción leo, con dificultad pero la leo. Aquí hay sólo lámparas, hace mucho que no veo la luz del día. En esa época, no sabía por qué mis amigos no atendían mis llamadas. Dicen que afuera es todo gris, gris ceniza. Una densa niebla confusa atrapa la ciudad. No sé tampoco qué es lo que hay más allá de los límites. Dicen que hay un gran monstruo pero en realidad el monstruo es un grupo de ciento y pico de personas que dominan la ciudad y tienen redes informáticas en todos lados hasta más allá del perímetro.

Lo que recuerdo es que terminé en la villa “Prometeo”. Allí sacaban las partes de mi cerebro continuamente y éstas continuamente se regeneraban, así que por miedo o por asombro después de veinte años, me dejaron en paz. Pero llegué a la prisión. Ahora estoy con los rostros que se ven en la oscuridad. Disfrutan dejándonos a ciegas. Pero lo importante es que ahora soy una “sin nombre” y me encierran en este cubículo semidesnuda, ya que la ropa son trapos hechos jirones. Mis piernas ya no tienen piel. Es inútil gritar. Por el agujero se me ve corriendo manoteando la noche. Otras sombras son reflejadas por el fuego. Pero… de golpe leo “ TXL4567”, quizás es el nombre de mi matriz o de un expediente o de una lista. No alcanzo a leer bien de nuevo. Cuando salga de aquí tendré que ir al oculista. A lo mejor con esa pequeña operación láser mejoran mi visión y no tendré que usar anteojos negros a plena luz del día. Digo. Quizá.

Un olor a reptil gigante se asoma en el cubículo. Es inútil gritar. Por el agujero veo mi sombra. Mi sombra que usa un par de anteojos negros y mi mano que lleva un cerebro amortajado envuelto en vendajes.

Lo único que sí sé es que soy una sin nombre, fuera del sistema. No aparezco en la correspondencia ni en ningún otro lugar, como diría Borges.

Como diría Borges, no sé quién soy ni quién es la Otra, pero se me parece. La otra es la que corre con un cerebro en la mano. Las otras sombras comen del cerebro. Es inútil gritar. No se puede interrumpir la cena.

Paciencia. Ahora escucho un ruido un lamento muy desgarrador, muy fuerte. Creo que terminó la cena.

Golpeo con todas mis fuerzas la tapa de mi cubículo. El silencio es mortal.

En realidad duermo desde el ocho de agosto de 1988. Alguien retira la tapa… Espero..

Cae agua helada… luego arena… Ya falta poco y…

Ya no tendré que usar anteojos para sol dentro del sistema ni sufrir la marginación de una descalificación de los Jurados.

Ya falta poco. Entonces se apaga la luz.




Todos los derechos reservados.(Copyright, 2008) Ileana Andrea Gómez Gavinoser

sábado, 7 de marzo de 2009

Fuga Cuento de Ileana Andrea Gómez Gavinoser

En el país de Sal, los hombres y mujeres vivían en perpetua paz y prosperidad. Ella, sin embargo, miraba las naves que surcaban el cielo con altas luces desde la prisión la prisión de acero y vidrio tornasolado. De día las palomas interrumpían la monotonía; de noche, las altas luces eran su desoladora rutina. La comida por esos días de otoño escaseaba; los habitantes del Castillo Ejecutor consideraban que la comida para los presos políticos era una amenaza. Con sus últimas fuerzas, ella soñó los números binarios, soñó con los complejos silogismos con que fueron diseñadas las últimas computadoras, fabricadas por Technichal, la corporación que fabricaba las cárceles. Memorizó cada rutina, cada cálculo, cada complejo mecanismo de la maquinaria.

Entonces se produjo el fenómeno: un eclipse de sol en pleno cenit y la lluvia de cometas a las 12 en punto de la noche. Los vidrios se resquebrajaron, los aceros se convirtieron en metal líquido. Las altas luces la perseguían...

No había escape. La ciudad era una burbuja de cristal. Pero ellá comenzó a soñar, escondida en el interior de una botella de vidrio...

Ileana Andrea Gómez Gavinoser (copyright)

Más allá de la Invención de Morel.... y otras ruindades

2-"Los prejuicios del hada "(Cuento de Ileana Andrea Gómez Gavinoser)


El precio del vacío estaba delante de sí. A pesar de todo, noches de rojos y azules promisorios, se amontonaban en las premoniciones del hada. Esa vez salió a vagar por Buenos Aires. Un aire a farolas , a tiempo ciudadano se amontonaban en las esquinas de los teatros, de las calles salvajes. ¿Por qué no mirar hacia atrás y mirar el último enigma del pasado? Por más que quería descender en el tiempo no lograba penetrar en la vida pasada del muchacho quien percibía un rumor de hojas secas pero no lograba captar del todo su presencia.

Durmió esa noche vuelto hacia las estrellas y la durmiente luna aparecía redonda por la ventana. Ella le tendió los brazos. Él abrazó la luna; el hada el tiempo roto, escurridizo.

Entonces ella volvió al presente en un parpadear de lamparitas. Bajo la luz de la oscurecida calle él le sonrió (un hada no tenía derecho a ninguna sonrisa). Ella pasó bajo la luz. Tenía un halo azul por cuerpo y ahora tenía piernas y brazos y un rostro humano.

Ella le tendió sus labios y recibió de sus ojos una dulce mirada. ¿Por qué pensar en que él no la miraba?

Con su varita bajo el brazo ella siguió caminando. Ahora la luna sonreía.

(copyright, Ileana Andrea Gómez Gavinoser)


"La luna escondida" (cuento de Ileana Andrea Gómez Gavinoser)


Los años del hombre dormido transcurrieron en el desierto. Una tarde despertó. En su mano tenía un reloj de arena. Recordó a Borges pero no recordó el paisaje que lo rodeaba. Permaneció sobre el médano caliente hasta que se hizo de noche, comenzó el frío y se asomó la luna que había estado escondida por once meses. No se daba cuenta todavía. La luna reflejaba ahora un templo ignoto en el horizonte. La luna parpadeaba; pronto se produciría el eclipse. No había tiempo. Quiso incorporarse pero no pudo. La arena estaba pegada a su espalda. El templo se había convertido en una ruina. Estiró como pudo un brazo hasta tocar la imagen con el reloj que tenía en su mano. El templo se desvaneció en el aire. Una fuerza magnética lo levantó repentinamente de la arena. Se produjo el eclipse.

No recordaba el desierto pero ahora recordaba los últimos destellos de la luna. Según el reloj, hacía cien años que no amanecía.


(copyright, Ileana Andrea Gómez Gavinoser)