Sortilegios Fanzine de Sci-fi
viernes, 18 de mayo de 2012
domingo, 24 de julio de 2011
El Arqueólogo-Cuento de la escritora argentina Marina Guarnieri (copyright, 2011)
martes, 21 de junio de 2011
INFORME ARQUEOLÓGICO DEL AÑO 2824- Por Durval Abásolo (copyright, 2011)
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Relato del escritor español Manuel Piñeiro (primeros capítulos-Moaña, Galicia (copyright, 2010)
Capítulo uno
Tito salió corriendo detrás de la ardilla, ella no se dejaba agarrar por el chiquillo y él insistía una y otra vez. El animal trepó por el tronco de un roble, pretendiendo burlar las travesuras de Tito, sin darse cuenta de que un águila real bajaba en picado para intentar darle caza. El niño vio al águila poco antes de alcanzar su objetivo y gritó señalando con el dedo – aaaaaah, aaaaaah, - la ardilla se dio cuenta y en un movimiento rápido corrió a esconderse en un agujero del árbol donde él estaba, el águila giró bruscamente y salió hacia el prado en busca de conejos o ratones. - No tá – dijo el chiquillo a su padre.
– No te preocupes, se ha salvado dentro del agujero, ahora está asustada y ya no quiere jugar. ¿Quieres ir al parque de los patos?, les daremos semillas de maíz para que vengan
– Noooo, a patos nooo, quiedo i a paque de papá – ya estuvimos esta mañana y ayer y hace días – El niño insistió, aquel sitio tenía para él un especial sentido de la diversión.
- Pues vamos al parque de papá.
El parque de “papá” se llamaba en realidad el Jardín de los Sueños, obra del joven arquitecto Alberte Sionde, el padre de Tito. Consistía en un conjunto de esculturas orgánicas, representaban formas vivas que además tenían la particularidad de metamorfosearse, atendiendo a las peticiones de los niños visitantes.
-¿Qué animal prefieres hoy?
– Una fifafa
– pues dile a Fanny que te ponga la jirafa –
Alberte hizo un guiño desde lejos a Fanny y ella entendió que iba para allá el “terremoto” de Tito a pedirle formalmente uno de sus animales preferidos.
– Fanny, quiedo una fifafa
- ¿Cómo la quieres?
– Fifafa gande, gande.
– Pues vale, te vas para aquel caballito de mar y esperas un rato a que se convierta en jirafa ¡que la disfrutes, guapo. –
La cuidadora del parque accionó un panel de mandos que llevaba en la manga de la camisa y dio orden a la escultura nº 27 de que se convirtiese en una jirafa grande, lo suficiente para que a Alberte le diese un pequeño tirón muscular al elevar tanto a su hijo para sentarlo en el lomo del animal. Tito pidió aumentar el tamaño de la escultura y Alberte se preocupó, su estatura no alcanzaba para proteger al pequeño de una caída.
– No te preocupes – dijo Fanny – hemos incorporado nuevos algoritmos al cerebro del parque, entre otras mejoras se ha implementado un sistema extra de seguridad que envuelve los cuerpos de los niños en caso de peligro, mira, os haré una demostración. –
La muchacha dio un movimiento brusco a la jirafa, Tito se desplazó hacia delante por la inercia y su padre también alargó los brazos instintivamente para protegerlo, pero la estructura se plegó justo delante de él como una alfombra arrugada y lo recogió suavemente, entonces lanzó una carcajada y pidió lo que estaba deseando,
- Una fifafa,gande, gande –
Fanny hizo crecer la forma hasta donde a Alberte le pareció seguro, pero el peque a aquella altura se encontraba muy a gusto, sin miedo a las alturas.
Todavía quedaban energías infantiles para unas cuantas visitas y esta vez se dejó aconsejar por su padre e ir a las marismas a contemplar los flamencos. Podrían perfectamente visitar otro hábitat, como el desierto o la alta montaña, ir en canoa por un río tropical o correr entre las secuoyas de los bosques templados. Prefería esperar a que Tito creciese al menos hasta los diez años para tales aventuras, tendrían que esperar otros ocho años. No importaba, podrían divertirse durante décadas sin abandonar las torres. Tan solo tenían que recorrer unos pocos kilómetros en la nuez para visitar cualquiera de esos hábitats. En aquel momento del atardecer las marismas eran la opción más atractiva. Padre e hijo se encontraban en una pasarela de madera observando a un grupo de avutardas picoteando en el lodo cuando sonó el comunicador. Era Sara.
– Al, tienes visita, ¿podéis regresar ya?
- ¿Quién ha venido?
– Romberg, ¿te acuerdas de él?
- ¿Jullian Romberg? Pues claro que me acuerdo, hace años que no le veo.
– También ha venido con él un representante de la agencia medioambiental.
– Que raro todo, ¿verdad cariño?, estoy intrigado, ahora vamos para allá.
– Dime, ¿Qué tal está el niño?
– Umm, restregándose los ojos, creo que ya le está rondando el amo de los sueños, ha corrido mucho, se ha cansado y me ha agotado a mí, ya te contaré, un beso.
– Otro beso para ti.
– Cuando Sara apagó el comunicador su rostro irradiaba satisfacción maternal.
Alberte acomodó al pequeño en su asiento y le entregó un biberón caliente con una ración de papilla, a sus dos añitos el pequeñín todavía prefería biberones a las meriendas con fruta. Dio órdenes al vehículo de que los trasladara al nivel 126 de la Torre Norte, apartamento 811 y la nuez se puso en marcha. Nuez, ara así como se conocía vulgarmente a los vehículos familiares, su forma era muy parecida a la del fruto del nogal. El Grupo Residencial Wonk daba forma y estructura a la Ciudad Estado de Atlantia, la cual estaba distribuida en siete torres colosales, la más pequeña de 1200 metros de altura y la mayor de 2700, todas interconectadas, en cuya parte superior y plataformas se habían creado distintos hábitats naturales.
El sistema de circulación de vehículos en Atlantia estaba sujeto a unas normas muy precisas que garantizaban un nivel de seguridad, confort y puntualidad de casi el 100%. Sus habitantes no tenían vehículos en propiedad, simplemente utilizaban el adecuado en cada momento tan sólo con solicitarlo, el coste de los desplazamientos dentro de la ciudad nunca corrían a cargo de los usuarios, era parte de los derechos constitucionales, así como una vivienda, un puesto de trabajo, un jardín cultivable en las múltiples terrazas, manutención, ropa y una lista bastante larga de servicios. Para conseguir crear climas tan precisos en cada uno de los ecosistemas se recurría a pantallas gigantescas de polímero especial que regulaban la temperatura, el paso del viento, la humedad, la penetración de lluvia o nieve, la calidad del aire y otros factores de vital importancia como la cantidad de rayos ultravioleta. Eran además las responsables de captar energía solar, la ionosférica, las tormentas eléctricas y el viento, suministrando a la ciudad casi la mitad de sus necesidades energéticas. Otra parte importante de suministro procedía de las olas del mar que rodeaban Atlantia, a 25 kilómetros de la que fuera hasta 2144 la costa atlántica francesa y por último el procesado de residuos aportaba la energía restante mediante el ciclo combinado del metano. Así estaba dispuesto en el reglamento de la Carta Global sobre la sostenibilidad de las ciudades estado en materia energética, también estaban reguladas la conservación del ciclo del agua y el plan de residuos. No sólo del viento, las tormentas eléctricas o las olas del mar se obtenía energía en la ciudad. Existían otras formas de captación, entre ellas la que mayor potencia generaba, el pozo geotérmico excavado a casi 300 km de profundidad el lecho marino, por él se hacían circular grandes cantidades de agua salada que salían vaporizadas hacia un generador gigantesco y de allí se enviaba al continente en forma de electricidad. Con las sales resultantes se obtenían verdaderos tesoros minerales.
En casi todas las ciudades del mundo actual la energía y conservación medioambiental había dejado de ser un problema un siglo atrás, cuando definitivamente las naciones entendieron la gravedad de ambos problemas e impulsaron nuevas formas de obtención compatibles con la sostenibilidad. Para ello fueron antes necesarios otros dos siglos de conflictos mundiales inútiles que se saldaron con no pocos problemas añadidos y mucho dolor en todo tipo de pérdidas. El tope a tantos conflictos fue, una vez más, la escalada bélica que acabó amenazando toda forma de vida sobre el planeta, ninguna potencia se sentía segura de asestar un duro golpe a un estado enemigo sin saber lo que este estado podría devolverle. En definitiva, prolongar los conflictos era peligroso en exceso y las consecuencias imprevisibles. El consenso mundial se impuso y la colaboración dio sus frutos. El organismo de las Naciones Unidas tomó especial importancia y se organizó un Parlamento Global, verdadero órgano de decisión. Muchas fronteras fueron movidas desde la configuración que imperaba en el siglo XXI. Se disolvieron las federaciones y confederaciones continentales, como la ya agónica Unión Europea y otros organismos similares. Los parlamentos nacionales y regionales siguieron funcionando, aunque con menos competencias en los asuntos de interés global, ya que la Carta Magna Mundial estaba consensuada y había nacido de una fusión y mejora de todas las constituciones que suscribieron el acuerdo, por tanto toda ley nacional, regional o local estaba ahora sujeta a la “Global”. Los ciudadanos del mundo tenían por ley unos derechos garantizados, deberes que cumplir y sus servicios básicos cubiertos, no sólo por derecho, si no que en la práctica los inspectores nombrados por el Parlamento velaban porque esto fuse una realidad incuestionable.
La nuez avanzaba por el interior de los tubos de comunicaciones, no era necesario pilotarla, un sistema centralizado se ocupaba de administrar a todo el parque de vehículos que pertenecían o llegaban de fuera de la ciudad. La combinación de anti gravedad y propulsión magnética desplazaba el artefacto con un nivel de confort impensable siglos atrás. Tito dormía a pierna suelta, había dejado medio biberón sin consumir, Alberte eligió la opción de cápsula transparente para contemplar el paisaje. Pasaron muy cerca de la torre central del complejo, la mayor de todas, un grupo de hombres y máquinas estaba construyendo el último de los ecosistemas, el que mayor revuelo y expectación causaba entre los habitantes de Atlantia, una estación de esquí de alta montaña. Ultimaban los preparativos para dentro de unos meses, cuando por fin consiguieran hacer enraizar árboles centenarios traídos en enormes macetas de los viveros locales. La nieve no representaba problema alguno a casi tres mil metros de altitud, donde sería captada de forma natural y mantenida en los meses cálidos mediante el sistema de pantallas poliméricas autorregulables.
Al llegar a la Torre Norte, la nuez descendió en perfecta verticalidad por otro tubo sin causar a los pasajeros la mínima molestia por la pérdida de presión en altura; el descenso era brusco al pasar de la terraza superior a los niveles intermedios donde residían los Sionde pero un dispositivo inteligente se ocupaba de que la transición fuese casi imperceptible para ellos. Alberte cogió en brazos a su hijo, despidió a la nuez y entró en su domicilio, dentro le esperaban dos personas con una propuesta que iba a cambiar su modo de vida.
Capítulo dos
Sara abandonó la habitación donde había bañado y vestido a Tito, el niño estaba hermoso con el pelo peinado, las pantuflas calzadas y la bata de casa que le daba un aire de antiguo gentleman. Llevaba en sus manos un ornitorrinco de peluche del que solo se separaba para salir a pasear por miedo a las águilas. El “onitodinto” como él lo llamaba era el animal preferido de entre todos sus preferidos. Los tres hombres charlaban en el salón sobre las vivencias de Jullian y Alberte cuando eran compañeros de trabajo.
- ¿Qué les parece si hacemos una pausa para cenar?, estaría encantada de tenerles a la mesa como invitados. –
Todos aceptaron de buena gana la invitación de la anfitriona, estaban cansados y hambrientos por motivos diferentes, el joven arquitecto por ir de paseo con un hijo tan activo y los visitantes por haber hecho un viaje estratosférico desde extremo oriente, tras haber estado esa misma mañana en algún lugar del norte de África.
– Les sugiero un plato típico de este lugar, ensalada de algas aliñada con salsa de pescado. – Estupendo, conozco ese plato y es delicioso, se lo sugiero también a usted, señor Zushiro – dijo Romberg al alto funcionario que le acompañaba y Zushiro alabó las virtudes de la cocina Atlantina por tener conocimiento de ella en anteriores visitas a varios departamentos de la ciudad. Tras ponerse de acuerdo en platos y postres Sara introdujo el pedido en el panel de control de consumo y esperó diez minutos a que llegasen las raciones por el conducto de suministros alimentarios, les dio aviso una señal sonora de que la cena estaba lista para servir. Recoger los platos sucios les llevó poco tiempo, los depositaron en la trampilla perteneciente al circuito de limpieza, los utensilios desaparecieron para ser mandados a esterilizar al centro comunitario de lavado.
Tras el postre y las distintas manifestaciones de agradecimiento a la hospitalidad mostrada Romberg desplegó una proyección holográfica de un realismo asombroso. En la escena proyectada se estaba representando a tiempo real un gran lago en el desierto africano con distintas islas desiertas y diversas ciudades en todo el litoral.
– Es el nuevo lago Aibé, en el corazón del Sahara, observad el desorden urbanístico de las riberas. – Romberg tenía razón, la disposición de las ciudades se saltaba algunas de las normas más importantes establecidas por el Global en materia de habitabilidad razonable. El lago se extendía por una superficie de unos 250.000 kilómetros cuadrados. Su escasa profundidad, un máximo de 15 metros permitía llenarlo con menos cantidad de agua que si se tratase de un lago natural y servir a su vez para la navegación de barcos de un tamaño mediano.
– Actualmente las licencias de construcción de nuevas ciudades están paradas en tanto no se resuelvan las deficiencias cometidas, el alto comisariado ha tomado medidas al respecto.
- ¿A qué estudio de diseño le fue encargada esta barbaridad?
– Quiso saber Alberte – Seguro que es obra de los estúpidos de la Houselife.
– Casi has acertado Al, no vas muy desencaminado, en realidad es obra y gracia del Grupo Aizung Migury Temp – Tenían que ser ellos o la “House”, ambos estudios pertenecen a la vieja escuela, tecnicismo, maquinismo, praxicismo y toda una serie de “valores” podridos, mientras aniquilan sistemáticamente el poco patrimonio natural existente. – Se quejó amargamente Al.
– Sin embargo como ingenieros son impecables – añadió Sara – Sus investigaciones han sido cruciales para descubrir o aplicar nuevos materiales. – Sara sabía de lo que hablaba, también ella había trabajado en el estudio de Wonk como analista de estructuras. Gracias a ese trabajo tuvo la suerte de conocer a Alberte. El resto de los presentes, incluido el señor Zushiro asintieron. Que los gabinetes Houselife y Aizung demostraran se unos verdaderos chapuzas a la hora de distribuir espacios no impedía que su conocimiento de los materiales figurase entre los principales a nivel mundial. Las propias Torres Wonk eran un buen ejemplo de equilibrio entre altura, resistencia y peso, así como la extraordinaria superconductividad eléctrica que permitía hacer de esas torres unas excelentes antenas para captar cada electrón que se asomaba a sus cercanías. Las Torres Wonk eran en potencia generada una de las principales estaciones energéticas del continente europeo. De ahí su prosperidad.
Siguió la proyección holográfica hasta detenerse en un lugar del lago sin islas, solo agua en movimiento suave, Romberg preguntó a Al si lo veía
- ¿Qué se supone que tengo que ver? Sólo hay agua.
– Tu isla
– Mi ¿isla?
– Sí Al, tu isla, intenta visualizarla. ¿Te refieres a que diseñe mentalmente una isla en ese lago?
– No, lo que intento decirte es que intentes diseñarla para nosotros, algo con forma orgánica, disponemos de entre 100 y 200 km2. ¿Qué te parece? – El chico se lo tomó a broma, no había alcanzado a comprender el verdadero encargo, tampoco Sara lo tomó muy en serio pero como le gustaba ver a su marido imaginando cosas prestó atención. Alberte tomó un lápiz electrónico y ensayó diversas formas de animales africanos sobre una ampliación de la zona. Se divertía, borraba zonas y volvía a perfilarlas, añadía montículos, disimulaba urbanizaciones bajo la arena, creaba oasis verdes, imaginaba puertos de comunicaciones. Se echó a reír, le parecía divertido imaginarse un complejo gigantesco con sus presupuestos multimillonarios, con medios y personal impresionantes, con técnicas avanzadas de construcción y diseño, incluso contar con la admiración del gremio.
- Supongo que de realizarse el proyecto quedará en manos de Barayef, no puede ser de otra manera. Dijo Al.
– Los dos visitantes estaban de pie, muy serios observando al divertido arquitecto. El señor Zushiro fue claro y solemne.
– Señor Sionde, en mi nombre y en el de mi superiora, la alta comisaria Slimmer le propongo como artífice y primer arquitecto del proyecto de diseño y construcción de Isla Esperanza.
– Fue como un bombazo para la pareja, sobre todo para él que tardó en recuperar el aliento.
– Dirigió la vista al sillón donde dormía Tito, agarrado a su inseparable ornitorrinco de peluche, tirando del chupete y con cara de no matar una mosca.
– Necesito un tiempo para pensarlo, tengo que hablar con mi esposa de esto, digerirlo, y de paso pellizcarme para saber que no se trata de un sueño.
– Señor Sionde, en efecto se trata de un sueño, pero esta vez usted puede hacerlo realidad. Esperaremos por su decisión, tiene una semana. – y Romberg añadió.
– Es la oportunidad de tu vida, meditadlo bien, estaremos en contacto por video conferencia si necesitas información, también te dejo el holograma para que lo estudies.
– Finalmente se despidieron de las visitas y sin decir palabra se dieron un abrazo, Alberte estaba temblando y Sara era un mar de confusión. Para no alterarse más decidieron acostarse y no hablar del asunto hasta la mañana siguiente, la idea de dormir era buena, pero ambos pasaron la mayoría de la noche dando vueltas a la cabeza y sin decir palaba.
Capítulo 3
Fue una semana intensa en la que la pareja decidió solicitar vacaciones en sus respectivos trabajos. Alberte daba clases en el instituto como profesor de arte compositivo moderno. Sara trabajaba desde casa, donde mantenía colaboración estrecha con el consorcio de obra civil. El consorcio le enviaba los proyectos estructurales necesarios para seguir construyendo equipamientos, redes de transporte y plantas de procesado. Las tareas a realizar en Atlantia eran diversas, a pesar de su apariencia externa todavía faltaban décadas para que se diera por finalizado el proyecto original, cuando estuviera totalmente construida podría albergar a un millón y medio de habitantes. Sara analizaba con escaso margen de error si una viga determinada soportaría las cargas de peso propio, viento, mareas, actividad humana o contingencias imprevistas como explosiones de gas, dando por sentado que la corrosión no entraba en sus cálculos ya que los materiales se fabricaban en el espacio a niveles de gravedad prácticamente nulos. Eso y las pruebas minuciosas en los laboratorios antes de dar un elemento por inoxidable al 99,999999999972%. Ella realizaba esa tarea formando parte de un equipo multidisciplinar que se hallaba repartido en tres universidades locales, varios laboratorios, numerosos profesionales desde sus hogares e indirectamente el estudio que los coordinaba a todos, el LI WONK ORG, verdadero motor urbanístico de Atlantia.
Alberte consultaba el libro de seres vivos del niño, pesaba unos pocos gramos pero contenía cantidades ingentes de información, en él había imágenes, sonidos, ilustraciones y animaciones de todos los seres vivos de los que había registro. A las funciones básicas podían acceder los bebés, a las medianas los niños y a las generales el resto de la gente. Se trataba de una de las muchas cortesías de la facultad de Conservación Natural que acercaba sus bases de datos a toda la población sin excepciones. Sara se le acercó
- ¿Qué buscas exactamente Al?
– Intento localizar un animal anfibio del desierto, pero lo veo complicado.
– No es tan complicado, he visto documentales de peces y ranas en el desierto. Aunque pensemos lo contrario también hay agua en esos lugares inhóspitos, poca pero la hay, me refiero al agua en estado natural. –
Ella le pidió el libro, hizo una consulta y dijo:
– Tienes varias opciones, al menos hay una docena de animales acuáticos en el Sahara. ¿Estás pensando en uno de ellos para dar forma a la isla?
– Todavía no tengo nada claro, ni siquiera sé si aceptar. ¿Te das cuenta? Es una locura, creo que incluso supera mis posibilidades. No lo entiendo, hay buenos urbanistas en el mundo, gente muy preparada y con amplia experiencia, el mismo Barayef podría hacerse cargo del proyecto.
– A Barayef ni lo nombres, es un miserable, mira lo que te ha hecho. Y en cuanto a que no estás preparado no me lo creo, eres mejor arquitecto que él y tienes mayor sensibilidad por los espacios naturales, ni se te ocurra compararte con ese gusano. Si han decidido hablar contigo es por algo, estoy segura.
– Por cierto, ¿a qué hora llega Tito?
– Pronto, en unos diez minutos – pues salgo contigo a esperarle.
Salieron al pasillo del distrito a esperar por su hijo, otras madres y padres hacían lo mismo. Mientras aguardaban decidieron que el pequeño no acudiría durante esa semana, así podrían ir los tres juntos de excursión a algunos sitios donde Tito aun no había estado. La nuez de la guardería llegó puntual, dejando a seis pequeñajos en aquella parada, Sara aprovechó para preguntar a las cuidadoras sobre su comportamiento.
– Pues más de lo mismo, defiende su ornitorrinco con los dientes si hace falta, hoy mordió a Claudia en el hombro por cogérselo y le dio un empujón a Esnadi porque sí. Ah, me olvidaba, también metió el tren eléctrico de Mario dentro de la caja de agua.
– Lo siento mucho Hellen, no sé qué decir, Tito es muy particular, me asusta un poco su comportamiento social tan primario.
– No te preocupes, todos hacen travesuras parecidas, hoy es el tuyo y mañana el de la vecina, no tiene importancia, tampoco la tiene el juguete estropeado, lo hemos mandado al taller de reparación.
- Para despedirse dijo - Pórtate bien durante las vacaciones Tito, te echaremos de menos – Cuando entraron en casa el niño se fijó en la imagen de la pantalla del libro de seres vivos, un sapo del lodo, su primera reacción fue decir
– Dana fea .
– No es una rana nené, es un sapo.
– Zapo feo.
– Pues vale, lo llamaremos el sapo feo. –
Acto seguido Alberte tuvo que mostrarle otros animales del libro e intentar dar explicaciones sobre seres que no había visto en su vida, llegando a inventarse hábitos o ubicaciones que nada tenían que ver con aquellos animales para no tener que pararse mucho en la letra pequeña. Lo hizo durante un largo rato en el que no pudo desarrollar su idea para Isla Esperanza, pero ambos compartían la misma pasión y eso era lo que importaba ahora.
Por la tarde embarcaron en una nuez familiar que les llevó a las plantas inferiores de la Torre Sur. La idea era visitar los domos y viveros que producían casi todo lo que se comía en Atlantia, pescado fresco, carne, frutas, verduras, leche y otros muchos productos consumibles. No solamente se cultivaban plantas comestibles o medicinales, también se plantaban árboles, flores, césped, plantas ornamentales de todo tipo para interiores y exteriores. La convención de naciones había firmado un tratado de obligatorio cumplimiento en cuanto a manipulación genética de las especies. Estaba restringida a usos farmacéuticos, médicos o en investigaciones autorizadas por consenso, siendo incuestionable la prohibición de practicarla en seres humanos, animales domésticos, animales destinados a alimentación, plantas medicinales tradicionales, fauna y flora salvajes, bacterias, virus y otras formas de vida no especificadas en el riguroso pliego de excepciones. Los viveros también proveían de animales de numerosas especies a todo el conjunto de ecosistemas de la ciudad, a la que también llegaban especies foráneas de aves para establecer sus colonias en unas condiciones favorables. Primero circularon en el vehículo gravitatorio por las zonas exteriores tratando de elegir una visita interesante. Un bosque de hayas les pareció adecuado, las hojas rojizas daban unos juegos de luz gratificantes al caminar por sus senderos. Cada tronco pertenecía a una maceta, esto permitía trasladarlos a otro lugar sin dañar el ejemplar. En concreto faltaban dos filas completas de Fagus sylvatica que ya habían sido movidas al nivel 55 de la Torre Nordeste, con el propósito de hacerlas crecer durante algunos años más al aire libre antes de trasladarlas a su ubicación definitiva en los bosques de las terrazas superiores. –Lo que no acaba de convencerme es su altura, si te das cuenta Atlantia comenzó a construirse hace solo cincuenta años, pero aquí hay ejemplares que podrían tener ochenta o cien como mínimo. – Es verdad - dijo Al a su esposa - el tamaño de algunos árboles que hemos visto en nuestros ecosistemas está fuera de toda lógica, tampoco me cuadran las cuentas. ¿Realmente respetan los tratados que prohíben la manipulación genética? Tu reflexión es muy interesante. – Pues vayamos a preguntar a los técnicos forestales.
En la recepción del vivero les hicieron vestirse unas fundas blancas a los tres. Las protestas de Tito no disuadieron al operario que les atendía, si querían pasar a dentro de las instalaciones era obligatorio hacerlo en un clima lo más aséptico posible. El pequeño estaba gracioso con un atuendo de por lo menos un par de tallas mayores que la suya, eso no le hacía ninguna gracia, volvió a protestar enérgicamente y el operario les recordó que las normas eran estrictas. Por un momento se vieron imposibilitados de entrar juntos, casi habían tomado la decisión de renunciar cuando apareció la doctora Obembe y reconoció a Alberte, no le conocía personalmente pero había visto muchas imágenes suyas en las noticias y aseguraba ser fiel seguidora de sus diseños ecológicos.
– Louit, podemos arreglar el problema con una burbuja de exalim.
– Doctora, no tengo autorización para facilitar ese método a los visitantes. – No se preocupe, yo misma firmaré la autorización.
– Pusieron a Tito encima de una plataforma redonda, un aspersor le roció con un gas inerte que formó una burbuja alrededor de su cuerpecillo. Le gustó jugar con los efectos que producía su capa antibacteriana cada vez que estiraba los brazos, después de varias carcajadas aceptó de buena gana entrar a un ecosistema controlado minuciosamente. Tras la cortina de exalim que tuvieron que pasar se escondía un mundo vegetal de apariencia casi perfecta. Millones de insectos se movían entre las ramas, no había pájaros, mamíferos ni reptiles, peri sí abundantes colonias de invertebrados terrestres. Controlaban de ese modo todos los parámetros de crecimiento de los árboles, humedad, temperatura, radiación solar. La polinización resultaba natural al participar los insectos en el proceso. El ambiente era claramente otoñal, un robot se ocupaba de recoger las hojas del suelo pulido para reinsertarlas en el ciclo vital después de ser procesadas minuciosamente. La doctora iba explicando de buen grado el funcionamiento del vivero.
– No es por capricho que vayamos vestidos de este modo, cada bacteria cuenta en el crecimiento de estas plantas, una aportación incontrolada podría traer consecuencias poco deseables como enfermedades o raquitismo en las especies y eso no podemos permitírnoslo, vamos muy justos en las entregas, la ciudad crece rápido.
– Más de lo que sería deseable – replicó Sara. –
Pasaron por una plantación de avellanos donde la claridad de los frutos realzaba la intensidad del verdor de sus hojas. Después se pararon debajo de los castaños, la doctora les invitó a recoger frutos del suelo lo que les hizo bastante ilusión, sobre todo al pequeño que se paraba a observar antes de recoger las mejores castañas.
– mida papá, una gande
– Vaya, has recogido la mejor de todas.
– Ziii, una gandeeeee. –
Después visitaron los robles y el niño también quiso recoger las bellotas, la doctora le dijo
– Puedes coger las que quieras, pero te aviso que estas no se comen, aunque si las pones en una maceta con tierra tendrás arbolitos en tu casa.
– Depositaron las semillas en los bolsillos de la funda blanca y siguieron el recorrido.
– La gran pregunta doctora es saber cómo se consiguen árboles tan grandes en tan poco tiempo. – Usted lo ha dicho, señor Sionde, una gran pregunta. Al principio a mí también me costó creer que no se trataba de manipulaciones genéticas. Verá, la clave está precisamente en las bacterias, tan “simple” como seleccionar las adecuadas a cada etapa de crecimiento de la planta.
– Tan simple y supongo que a la vez tan complejo.
– Por supuesto, nuestro conocimiento biológico se basa en siglos de experimentación, aciertos, errores y alguna que otra decisión equivocada, pero básicamente son los grupos de bacterias digamos “inteligentes” las que ponen a todas las demás, patógenas y no patógenas a trabajar en beneficio del árbol. Es un fenómeno que también se da en la naturaleza, nuestra labor consiste en entender y mejorar el proceso
– Antes de salir les obsequiaron con una bolsa de tierra vegetal apta para semillas de caducifolios templados. Como la visita les llevó más tiempo del previsto se fueron directamente a casa a plantar arbolitos, era la primera vez en su vida que hacían algo parecido.
Alberte se fue para su mesa de trabajo, examinó concienzudamente el holograma de Romberg, aunque en realidad habría que cambiar la denominación por “realgrama”, pues las observaciones se realizaban con la diferencia de muy pocos segundos entre lo que ocurría y el tiempo que tardaba el espectador en verlo a miles de kilómetros de distancia. Ese examen de la zona le hizo entender que si bien las transgresiones al urbanismo racional eran notables también se podían destacar actuaciones acertadas. Primaban las ciudades de rascacielos tan típicas de los primeros siglos del milenio y al igual que en estas los espacios colectivos eran escasos, las zonas verdes una especie de muestra breve, y las aglomeraciones en el transporte constantes, de lo que dedujo que el modo de vida de sus habitantes debería consistir en una experiencia cuando menos irritante. Destacaba un hecho bastante curioso, no se respetaba en absoluto la estética geográfica del lugar. Entre las ciudades existían bosques, jardines, parques de temática medioambiental, lagunas de agua salada, zonas de nieve al aire libre, etc, pero nada relacionado con el hábitat desértico, su flora o su fauna. En el lado positivo le pareció ver ciudades medievales, aunque con mejor organización constructiva, recreaciones de grandes templos de la antigüedad, incluidas las pirámides egipcias, los jardines colgantes de Babilonia, la Biblioteca de Alejandría y un sinfín de otras construcciones de las que hablaban los libros de historia. Las únicas zonas verdaderamente naturales eran aquellas a las que no había llegado aun la mano del hombre, Al sospechaba que no tardarían mucho en convertirlas en cualquier estupidez salida de las mentes de algún que otro grupo de presión económica. Trabajó gran parte de la noche en su concepción de una isla “desértica” que no “desierta”. Toda la base de la construcción era la silueta de un simple sapo de las lagunas ocasionales, aquellas que solamente se cubrían de agua durante las escasas precipitaciones, pasando incluso años de sequía, pero que bajo la arena de sus fondos latían los corazones a ritmo de hibernación de algunos peces y anfibios asombrosos esperando a las próximas lluvias para salir a la superficie y regenerar así su ciclo de vida.
Se levantó tarde y decidió aprovechar el resto de la mañana consultando a la doctora Obembe sobre aspectos particulares de la flora desértica, las aportaciones le fueron de mucha utilidad. Por la tarde organizaron otra de sus excursiones, visitarían el hábitat desértico de la Torre Oeste, aunque no se parecía mucho al africano serviría para hacerse una idea de su aspecto. La Torre Oeste tenía la no poca altura sobre el nivel del mar de 1700 metros. Los visitantes notaban la escasez de oxígeno propia de esas alturas y una menor presión barométrica, si no se tomaban precauciones ascendiendo en el mayor tiempo posible y adaptándose a los cambios la sorpresa podía resultar desagradable al visitante, produciéndose el llamado mal de altura. Se trataba de reproducir lo más fielmente posible el desierto de la Altiplanicie Andina, pero suavizando el clima para hacerlo menos duro a las personas. No obstante el tiempo permitido de visita no podía superar las dos horas, se corría el riesgo de sufrir deshidratación o molestias respiratorias.
– Fíjate Sara, el terreno es cambiante, los remolinos de viento alteran el paisaje en pocas horas. –
Ella también observó un grupo de mamíferos a los que parecía importar poco la dureza del lugar. El conjunto resultaba extrañamente bello, tan árido en comparación con los lugares en los que habían estado y a la vez tan vivo. Decidieron irse a un parque típicamente urbano a comerse unos pastelitos, allí la temperatura era propia de la estación. Ajustaron la conductividad térmica de sus ropas a la nueva situación, en el aire se dejaba sentir el ozono oceánico que hacía otra vez de la respiración un ejercicio placentero. Comieron los pasteles y bebieron jugos de fruta con el objetivo de hidratarse, el niño prefirió su biberón de la merienda. Mientras tito tiraba con ahínco de la tetina del biberón un golpe de tos le sorprendió e hizo que se atragantase por un momento, la madre lo levantó en brazos y lo puso boca abajo, Tito tosió otro par de veces sin darle importancia y siguió comiendo con gana. De su naricilla bajaba un hilo de mocos.
Alberte sintió necesidad de orinar y se fue furtivamente detrás de unos arbustos, sabía que esta acción no estaba bien vista por los funcionarios ni por el público en general, pero recordó las palabras del mismísimo Li Wonk pronunciadas en no pocas ocasiones de visitas profesionales a los hábitats que diseñaba “cualquier campo agradece una meada”. Sara ni se había dado cuenta de la escapada de su marido, pero se ruborizó bastante cuando un policía que estaba con él sacaba la libreta de apuntes del bolsillo del uniforme.
– Señor Sionde, queda usted denunciado por conducta poco cívica, recibirá notificación del juicio en su domicilio, buenas tardes.
– Tremenda semana, no gano para emociones fuertes. – Dijo el arquitecto a su esposa.
– Te está bien empleado, por marrano, tremenda vergüenza me has hecho pasar ¿No ves que hay un aseo a pocos pasos de aquí? Podías haber ido, como hacemos los demás.
– No sé, cariño, tenía un apretón, además ya sabes lo que solía decir Li de todo esto, tampoco hay que ceñirse tanto a determinadas normas, digo yo.
– El viejo Li era otro marrano como tú, muy maestro y todo lo que quieras pero tenía a veces unas maneras poco ortodoxas que me ponían de los nervios.
– De ahí su grandeza –
Bromeó Al, pero Sara puso cara de no hacerle gracia el chiste barato de su marido.
– Por favor, vámonos para casa, estoy cansada y el niño tiene tos, tendrá que verle el pediatra.
El médico estaba al otro lado de la pantalla, pidió a Sara que le quitase la ropa y lo acostase directamente sobre el colchón de la cuna, desde ella se podían monitorizar las constantes del pequeño, temperatura corporal, latidos, la circulación, conductividad neuronal y un análisis químico muy completo a través de los componentes del sudor y la orina que había depositados en el pañal. El diagnóstico fue claro, un resfriado común que convenía tratar con un ambiente adecuado y mucha fruta, el especialista también suministró a la casa los parámetros de humedad y relación electroestática requeridos para una curación rápida. A través del conducto de suministros llegó una caja de biberones con todo lo necesario para tratar el resfriado, al mismo tiempo que alimentaban también contenían remedios diseñados específicamente para Tito que estaría un par de días con molestias antes de curarse totalmente. Tan acostumbrados estaban los habitantes de Atlantia a los cuidados médicos desde que nacían que no se daban cuenta de lo prodigioso de diagnosticar, fabricar una medicina personalizada y enviarla al paciente en menos de diez minutos sin que este tuviera que abandonar el domicilio. Los ingresos hospitalarios se reservaban para enfermedades graves, accidentes serios, partos, operaciones o cualquier otra circunstancia que así lo requiriese.
Capítulo 4
Podía decirse de la organización social de la Ciudad Estado que se parecía mucho a una colonia de insectos, donde habitaban individuos especializados, se realizaban tareas comunitarias para proveer despensas, donde apenas existía el concepto de propiedad privada, pero que a diferencia de otras comunidades biológicas el sistema jerárquico estaba mucho mejor regulado, dando amplios poderes a la ciudadanía de elegir a aquellos representantes públicos que estimasen más eficientes. Las votaciones eran derecho de cada persona con mayoría de edad y se realizaban desde cualquier lugar público o doméstico a través de una serie de sistemas tecnológicos que garantizaban un recuento limpio, rápido y eficiente. Las autoridades tenían buen cuidado de someter antes de aprobar cualquier asunto susceptible de levantar polémica a la asamblea general ciudadana, de ese modo no se producían sorpresas desagradables para el público en las decisiones tomadas. Aunque este sistema asambleario pudiese parecer caótico en realidad resultaba eficaz, raramente se producían discusiones acaloradas, pero si se daba alguna era la alcaldesa quien tenía que mostrar su mejor disposición al diálogo, la paciencia y la sensatez, los rasgos autoritarios habían hecho fracasar a muchos cargos públicos en las reelecciones anuales. La verdadera universalidad del sistema democrático era que cada ciudadano votaba en su nombre, siendo público el voto para aquellos que lo quisieran consultar, de este modo se imposibilitaba cualquier intento de manipulación técnica en el recuento. Tampoco los administradores podían ejercer la vieja máxima de la política consistente en favorecer a aquellos distritos afines ideológicamente, resultaba prácticamente imposible tal planteamiento por los constantes cambios de domicilio ejercidos voluntariamente a través de permutas. Si un vecino o familia de la Torre Este deseaban mudarse a otra torre, barrio o nivel diferente tan sólo tenían que anunciarse en la base de datos ofreciendo su casa a cambio de otra, así de sencillo y sin trámites burocráticos. Las pertenencias personales eran trasladadas y el mobiliario se mandaba a un almacén donde era restaurado por procedimientos térmicos a su estado original y puesto otra vez a disposición de quien lo solicitase a través de un catálogo que se actualizaba constantemente. Diariamente se producían miles de cambios domiciliarios atendiendo a normas que regulaban la cantidad de habitaciones necesarias a cada grupo o familia y no desperdiciar de ese modo los espacios. Aunque la mayoría se acababan quedando allí donde el hogar o el entorno parecían hechos a su medida, la estadística decía que un ciudadano vivía en una media de 18 ubicaciones distintas antes de encontrar la definitiva.
El voto ciudadano directo no era el único trámite administrativo realizado desde cualquier lugar de la ciudad, pocas veces tenía que acudir un ciudadano al ayuntamiento, al médico, a la asesoría jurídica o trámites judiciales. La gente podía casarse en un parque, domicilio o lugar colectivo sin la presencia directa del juez. Podía darse de alta a un recién nacido con la misma facilidad, tramitar los horarios de trabajo, solicitar desplazamientos a cualquier lugar del mundo, realizar compras y un largo etcétera. Para todos esos trámites tan sólo era necesario autentificarse dependiendo del grado de “oficialidad”. Bastaba un simple reconocimiento de voz para la mayoría de acciones, la voz y el reconocimiento de huellas dactilares para trámites medianos y así sucesivamente, hasta llegar a los altos requisitos de voto o causas judiciales por delito grave donde además de la voz y las huellas dactilares se pedían los reconocimientos de retina y olor corporal, característicos y únicos a cada individuo. Pero no llevaba más que unos segundos realizar todas las autentificaciones, de ahí la eficacia y transparencia hasta cierto punto del sistema ciudadano en el que también se daba un porcentaje no muy preocupante de corrupción administrativa, herencia inevitable de siglos de evolución humana.
A través del holograma la jueza Bonaglio paracía un témpano de hielo, seria, autoritaria.
– Póngase en pie el acusado.
– Alberte impresionado por la gravedad de la ceremonia hizo lo que le ordenaron.
– Identifíquese, diga su nombre y domicilio.
– Me llamo Alberte Sionde Farz, vivo en el nivel 126 de la Torre Norte, apartamento 811, donde me encuentro en este momento. –
El “acusado” que era atlantino de nacimiento, como todos los niños de su lugar natal había recibido una educación exquisita en muchas áreas de conocimiento, donde la preparación ciudadana era esencial para que defendiesen su forma de vida colectiva en paz, armonía y colaboración. Sabía que los juicios por faltas también formaban parte del intento por hacer más habitable un lugar en medio de la nada, donde si todos asumían sus responsabilidades el funcionamiento general sería óptimo. No por eso dejaba de tener cierto miedo, nunca antes se había visto en algo parecido. Sara estaba detrás del él con el niño, sentada como público y disimulando mal sus rubores, también temía una sentencia dura de la jueza. Bonaglio consultó al policía que había denunciado a Alberte
– ¿Ratifica usted su declaración del día 7 del presente mes acusando al ciudadano Sionde de conducta incívica?
– En efecto señoría, a las 16,30 de la tarde fue denunciado por este agente cuando se encontraba orinando detrás de unos arbustos del Parque de Las Turquesas, causando prejuicios a los mismos según se establece en las ordenanzas municipales. En la denuncia se acompaña el vídeo de los hechos. - ¿Reconoce el acusado los hechos como propios?
– Los reconozco señoría. ¿Tiene el acusado algo que alegar en su defensa? Si es así hágalo con total sinceridad.
- Señoría, ya que se me permite hablar con franqueza quiero alegar en mi defensa que la orina en pequeñas cantidades al contrario que perjudicar a la naturaleza la favorece. No hay estudios que avalen tal directiva. No tengo más que añadir.
La señora Bonaglio fue poco esperanzadora en su conclusión posterior
-Mi trabajo no consiste en especular con estudios ambientalistas, excede de las competencias de este juzgado de paz pedir informes científicos o cuestionar las leyes promulgadas por un pleno municipal. Es por tanto que probados los hechos y admitida su autoría este juzgado le condena a 25 horas de trabajo comunitario en la brigada de limpieza medioambiental. En breve le serán comunicadas las instrucciones para su incorporación. Se levanta la sesión del caso Sionde.
jueves, 16 de septiembre de 2010
Bajé a la playa, cuento de Manuel Piñeiro (Moaña, Galicia, copyright, Manuel Piñeiro, 2010)
Bajé a la playa
En el mar de otoño el agua es una mezcla de matices, desde el camino de bajada veo los colores cambiando según el movimiento de las nubes, una docena de aves aprovechan el rebufo del viento en las rocas para mantenerse colgadas en el aire, sin apenas mover las alas. Otros pájaros de ribera picotean en las algas varadas en busca de insectos y animalillos.
La lancha sigue en lo alto de la playa contando las estaciones, ya se le ven los boquetes en la pintura, las juntas de la madera dejan pasar un rayo de luz endeble, la arena que arrastra el viento llegó casi a cubrir las tablas del fondo. Ahora las cosas cambiaron y mis hijos no le dan mérito la una lancha vieja, claro, no saben muchas de las cosas que representa, pero aunque se lo quieras explicar no te hacen mucho caso. Ciertamente es una lástima recordar la figura del patrón haciendo las labores en ella, siempre pasaba tiempo recomponiendo el barco, que por pequeño o grande que fuera no importaba, era su orgullo. Apartaba una parte de lo vendido para el mantenimiento, ya que era muy importante que estuviera bien pintada en todo momento, de eso dependía en parte la seguridad de la embarcación. También salimos adelante con los frutos que daba ese trabajo a veces duro, a veces con las redes vacías. Y allí estoy yo plantada delante, observando no sé sí la lancha o mis recuerdos, puede que las dos cosas. Siendo niña mi padre me llevaba con él a pescar por las tardes en verano, qué tiempos aquellos, cuanto daría ahora por volver a marearme a su lado otra vez.
- Si no pones la gorra no te llevo, recuerda lo que dice tu madre, la última vez viniste con la cara quemada - me decía con un gesto de preocupación. Después, por cuenta que me tenía, iba corriendo a la habitación y cogía la gorra de visera del colgador de la puerta, no quería quedar en la casa porque ir de pesca para mí era mejor que quedar a jugar con las amigas, con diferencia.
Acaba de posarse una gaviota en la proa, mi presencia no la inquieta, mas no deja de verme de reojo por si tiene que salir volando. De alguna manera siento que está a entender mis pensamientos, pero, cualquiera sabe lo que piensan las gaviotas, dicen que están locas, o cuando menos nadie entiende por qué están siempre riéndose.
Me voy alejando, dejo atrás una parte de la niña que fui. Algún día habrá que pensar seriamente en desguazar la lancha y echar los pedazos para quemar en la hoguera de San Juan, antes ya fueron otras para quemar, seguirán yendo mientras se construyan nuevas embarcaciones.
Manuel Piñeiro (Copyright)
Verano de 2010