En el país de Sal, los hombres y mujeres vivían en perpetua paz y prosperidad. Ella, sin embargo, miraba las naves que surcaban el cielo con altas luces desde la prisión la prisión de acero y vidrio tornasolado. De día las palomas interrumpían la monotonía; de noche, las altas luces eran su desoladora rutina. La comida por esos días de otoño escaseaba; los habitantes del Castillo Ejecutor consideraban que la comida para los presos políticos era una amenaza. Con sus últimas fuerzas, ella soñó los números binarios, soñó con los complejos silogismos con que fueron diseñadas las últimas computadoras, fabricadas por Technichal, la corporación que fabricaba las cárceles. Memorizó cada rutina, cada cálculo, cada complejo mecanismo de la maquinaria.
Entonces se produjo el fenómeno: un eclipse de sol en pleno cenit y la lluvia de cometas a las 12 en punto de la noche. Los vidrios se resquebrajaron, los aceros se convirtieron en metal líquido. Las altas luces la perseguían...
No había escape. La ciudad era una burbuja de cristal. Pero ellá comenzó a soñar, escondida en el interior de una botella de vidrio...
Ileana Andrea Gómez Gavinoser (copyright)
Más allá de la Invención de Morel.... y otras ruindades
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