El precio del vacío estaba delante de sí. A pesar de todo, noches de rojos y azules promisorios, se amontonaban en las premoniciones del hada. Esa vez salió a vagar por Buenos Aires. Un aire a farolas , a tiempo ciudadano se amontonaban en las esquinas de los teatros, de las calles salvajes. ¿Por qué no mirar hacia atrás y mirar el último enigma del pasado? Por más que quería descender en el tiempo no lograba penetrar en la vida pasada del muchacho quien percibía un rumor de hojas secas pero no lograba captar del todo su presencia.
Durmió esa noche vuelto hacia las estrellas y la durmiente luna aparecía redonda por la ventana. Ella le tendió los brazos. Él abrazó la luna; el hada el tiempo roto, escurridizo.
Entonces ella volvió al presente en un parpadear de lamparitas. Bajo la luz de la oscurecida calle él le sonrió (un hada no tenía derecho a ninguna sonrisa). Ella pasó bajo la luz. Tenía un halo azul por cuerpo y ahora tenía piernas y brazos y un rostro humano.
Ella le tendió sus labios y recibió de sus ojos una dulce mirada. ¿Por qué pensar en que él no la miraba?
Con su varita bajo el brazo ella siguió caminando. Ahora la luna sonreía.
(copyright, Ileana Andrea Gómez Gavinoser)
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