Los años del hombre dormido transcurrieron en el desierto. Una tarde despertó. En su mano tenía un reloj de arena. Recordó a Borges pero no recordó el paisaje que lo rodeaba. Permaneció sobre el médano caliente hasta que se hizo de noche, comenzó el frío y se asomó la luna que había estado escondida por once meses. No se daba cuenta todavía. La luna reflejaba ahora un templo ignoto en el horizonte. La luna parpadeaba; pronto se produciría el eclipse. No había tiempo. Quiso incorporarse pero no pudo. La arena estaba pegada a su espalda. El templo se había convertido en una ruina. Estiró como pudo un brazo hasta tocar la imagen con el reloj que tenía en su mano. El templo se desvaneció en el aire. Una fuerza magnética lo levantó repentinamente de la arena. Se produjo el eclipse.
No recordaba el desierto pero ahora recordaba los últimos destellos de la luna. Según el reloj, hacía cien años que no amanecía.
(copyright, Ileana Andrea Gómez Gavinoser)
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