domingo, 24 de julio de 2011

El Arqueólogo-Cuento de la escritora argentina Marina Guarnieri (copyright, 2011)



                              E  L      A  R  Q  U  E  Ó  L  O  G  O

     Juan Carlos Summart, profesión arqueólogo, desciende en el aeropuerto de la Isla de Pascua a las siete de una mañana hermosísima, desde donde se divisan los colosos que están de pie para recibirlo. Ha viajado kilómetros y kilómetros desde Buenos Aires por un error de horarios y de transporte aéreo.
     En el silencio de la zona Juan Carlos siente la emoción del misterio que envuelve a estas figuras. Las caras rígidas, el porte altanero, el cuerpo hercúleo, las manos que se confunden con la piedra rojiza amarronada, la cabeza enorme como para pensar en un pasado de grandeza.
     Misterio, silencio. Silencio, misterio, sólo opacado por erupciones esporádicas, inesperadas, de los volcanes que aquí y allá despiertan preocupación.

     Dicen que el primer rey fue Ti Hoba Matúa o Mari Kuru. El silencio perfora las piedras. Sólo las aves cruzan el cielo satisfechas como amparando el lugar. Dicen que son charranes o golondrinas de mar. Los habitantes cuentan historias de antiguos pobladores, misteriosas y terroríficas. Los pájaros llegan desde Chile para anidar en estas playas a cielo sereno cerca de bosquecillos que las amparan.

     El arqueólogo, que ha visitado tantos lugares, de improviso decide que ése será su futuro refugio. Los prismáticos le acercan las palmeras de las playas y siente la inmovilidad de las piedras que le cuentan la historia del coloso imperturbable de más de veinte metros, vigía silencioso de los siglos.
     Summart, expectante, acaricia las piedras tratando de descifrar el pasado y la posible relación de las piezas arqueológicas de Pascua con las halladas en Buenos Aires y en la isla de Eubea.
     Largas caminatas lo ayudan a disminuir la ansiedad. En la playa, esta tarde, tendido bajo un sol cálido, quedó dormido. Meses de investigación, días de búsqueda, horas perdidas –recuperadas- para encontrar piezas que se refieran a estos colosos amasados a la luz de las generaciones.
      ¿Dónde está el artífice? ¿Dónde el ayudante? ¿Quién habrá osado mirar un poco más allá en el insondable estrépito del océano y la piedra palpitantes de vida?
       
      Una avecilla sobrevuela curiosa el cielo reflejado en el agua de un color azul casi negro. Mira a través de la distancia y ella, sólo ella, ancestral, tiene el secreto de estos seres monstruosos.
       Juan Carlos, distraído, meditabundo, empieza a escarbar en un médano: algo difícil de identificar aparece, casi un cuaderno rígido tallado con posibles letras, puntos, círculos, figuras. Como si fuera un diario de viaje o bien tablillas de cerámica o el salvoconducto de un pirata. Tiembla de emoción: el hallazgo coincide con las piezas que encontró en Eubea y Buenos Aires.
        Este momento bien vale el viaje equivocado. El hombre invoca a los dioses diseminados por la playa que lo ayuden.

          Isla perturbadora, isla del silencio.
                                                                                                   Marina Guarnieri
                                                                    marinadelmar33@hotmail.com