Bajé a la playa
En el mar de otoño el agua es una mezcla de matices, desde el camino de bajada veo los colores cambiando según el movimiento de las nubes, una docena de aves aprovechan el rebufo del viento en las rocas para mantenerse colgadas en el aire, sin apenas mover las alas. Otros pájaros de ribera picotean en las algas varadas en busca de insectos y animalillos.
La lancha sigue en lo alto de la playa contando las estaciones, ya se le ven los boquetes en la pintura, las juntas de la madera dejan pasar un rayo de luz endeble, la arena que arrastra el viento llegó casi a cubrir las tablas del fondo. Ahora las cosas cambiaron y mis hijos no le dan mérito la una lancha vieja, claro, no saben muchas de las cosas que representa, pero aunque se lo quieras explicar no te hacen mucho caso. Ciertamente es una lástima recordar la figura del patrón haciendo las labores en ella, siempre pasaba tiempo recomponiendo el barco, que por pequeño o grande que fuera no importaba, era su orgullo. Apartaba una parte de lo vendido para el mantenimiento, ya que era muy importante que estuviera bien pintada en todo momento, de eso dependía en parte la seguridad de la embarcación. También salimos adelante con los frutos que daba ese trabajo a veces duro, a veces con las redes vacías. Y allí estoy yo plantada delante, observando no sé sí la lancha o mis recuerdos, puede que las dos cosas. Siendo niña mi padre me llevaba con él a pescar por las tardes en verano, qué tiempos aquellos, cuanto daría ahora por volver a marearme a su lado otra vez.
- Si no pones la gorra no te llevo, recuerda lo que dice tu madre, la última vez viniste con la cara quemada - me decía con un gesto de preocupación. Después, por cuenta que me tenía, iba corriendo a la habitación y cogía la gorra de visera del colgador de la puerta, no quería quedar en la casa porque ir de pesca para mí era mejor que quedar a jugar con las amigas, con diferencia.
Acaba de posarse una gaviota en la proa, mi presencia no la inquieta, mas no deja de verme de reojo por si tiene que salir volando. De alguna manera siento que está a entender mis pensamientos, pero, cualquiera sabe lo que piensan las gaviotas, dicen que están locas, o cuando menos nadie entiende por qué están siempre riéndose.
Me voy alejando, dejo atrás una parte de la niña que fui. Algún día habrá que pensar seriamente en desguazar la lancha y echar los pedazos para quemar en la hoguera de San Juan, antes ya fueron otras para quemar, seguirán yendo mientras se construyan nuevas embarcaciones.
Manuel Piñeiro (Copyright)
Verano de 2010