El cielo
La lluvia se deshizo relampagueante, clara como un cristal, fría y densa como tormenta de verano que además duró varios días. El fresco atemperó las lagunas del trópico. El ardiente sol se congeló. Por ese entonces el frío cristalizó los campos, las arenas; toda la urbe cenicienta se convirtió en un mar de hielo.
Ella recorrió las pampas níveas fruto del hielo. Glacial, tornó a su casa en medio de la espesa sombra de la noche sin alimentos. Un hueco en el hielo dejó ver el pastizal seco. Entonces se tendió en el rancho abrigada y envuelta en frazadas.
A los pocos días escuchó el temblor de tierra, vio las auroras boreales que ocurrieron en un milisegundo y luego despertó del letargo. Los pasos se acercaron cada vez más. El cielo era pura niebla. Alguien le tendió la mano, cuya palma mostraba semillas verdes. No vio el resto. Los ojos, pesados, tendían a cerrarse.
Un día el cielo empezó a despejarse. Un aire templado acariciaba su piel. En el cielo se veía la noche estrellada. Luego se hizo de día. El mar de hielo comenzó a despegarse del suelo, dejando ver la incipiente primavera. Cien años había tardado en revivir. Por ese entonces, ella había despertado y pudo ver sus alas. Volar al cielo en ese aire fresco, fue renacer. Luego, el cielo abrióse, dejando ver el espacio inconmensurable.
Ileana Andrea Gómez Gavinoser
Sábado 23 de enero de 2010
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