Sindar: día diez mil ciento setenta y cuatro
El robot los condujo de la nave, todavía adormilados y doloridos, hasta la unidad de reconstitución. Eso es lo que decía el letrero minúsculo, como olvidado a la lectura. La mente trataba de aferrarse a algo anterior, pero no lo había. Se miraban entre sí desconfiados, sin articular otra cosa que bostezos y emitir algún gas estrepitosamente. Cada quien ostentaba en su chaqueta un número: se detuvieron a mirárselos como quien busca alguna revelación, algún sentido. El lugar del descenso tenía un cartel minúsculo, tanto como el de la unidad de reconstitución. Ese lugar era WS. Las dos letras encabezaban cada oficina. Había muchas y pasillos radiales las unían a otra oficina mayor de vidrios espejados que decía “WS- Organización”. En su chaqueta se leía: “WS- Reconstrucción de robots”. Y así se hubieran referido a él, probablemente, si le hubieran hablado.
Como cumpliendo un rito sin conciencia todos pasaron por el baño. Un gel picaba y refrescaba los cuerpos. Otro, los distendía y descansaba. Su ansiedad le decía que seguramente esperaba otro viaje, y éste, de superficie. Que allí dejaría de ver definitivamente a esa gente. Programado en algún lugar distante, estaba frente al destino que le habían fijado y que sabía inalterable.
Un robot trajo raciones de alimento, que distribuyó. Destaparon con torpeza de desesperados, engulleron, juntaron prolijamente los residuos, los metieron en los recipientes de reciclado, tragaron un mejunge espeso que sabía mal y que no se podía beber. Distintos transportes controlados por robots esperaban afuera, alrededor del edificio de aluminio. La suya decía claramente: “WS- Reconstrucción de robots”, por lo que se sintió feliz. Un zumbido dio la orden.
Por decir algo, y antes de separarse, mientras los motores temblaban en silencio y las puertas se abrían, dijo bien fuerte:
-Hoy es el día 10174.
Le pareció –quiso ver- que alguno había sonreído.
Carlos Alberto Roldán
de la serie de cuentos Un lugar muy lejos
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